Coges a James Bond y los Motos de Cthulhu, los mezclas (no agitando) bien con la cultura geek y una buena dosis de matemáticas arcanas, introduces un extraño y aterrador triángulo amoroso y a un burócrata de la Unión Europea y tal vez logres imaginarte la aventura escalofriante y divertida que va a vivir Bob Howard.

De todo eso va el libro de Charles Stross, Jeniffer Morgue.

Bob Howard, un miembro venido a más de La Lavandería, el departamento secreto británico que lidia con cosas del otro mundo y con horrores con los que sería mejor no tener que lidiar, es enviado a una reunión burocrática de definición de procedimientos entre las agencias secretas de Europa, cuando se ve envuelto en un embrollo cojonudo.

Los zombies de sus compañeros intentando comerle el cerebro con los ojos llenos de brillantes gusanos, a causa de una posesión invocada con Power Point (Bob y yo tenemos algo en común, los dos odiamos el Power Point), debería haberle dado una pista.

Que su superior le tendiese una trampa y le enlazase mentalmente a una hermosa mujer que resulta que no es una mujer, sino algo distinto, y que encima está encadenada a un subcubu demoníaco que se alimenta de almas, y que para más inri pertenece a la Cámara Negra, la versión norteamericana de la Lavandería que es algo así como la Cía, el Archivo de Expedientes X y el club de cabrones escapados del Asilo Arkahm y la Universidad de Miskatonic…bueno, eso debería haberle dado otra pista.

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Cuando le mandan al Caribe con un equipo de intervención y con su enlazada y sexy compañera de apoyo para infiltrarse en la organización de uno de los multimillonarios esotéricos más peligrosos del mundo, ya es demasiado tarde para que incluso su novia y muy capaz agente de la Lavandería, Mo, pueda hacer algo.

Ellis Billington podía haber sido uno más de los multimillonarios del tecnológicos, trabajando para el departamentos de defensa y vendiendo programas de software, si no hubiese resultado ser un loco que quería poner sus manos sobre un artefacto sumergido con el nombre clave Jennifer Morgue. Bob deberá infiltrarse en la organización de Billington para intentar averiguar qué trama y desbaratar sus planes con la ayuda del equipo de la Lavandería y la Cámara Negra, mientras se enfrenta a dos de las cosas más terribles que un agente de campo puede encontrarse en sus misiones, gaviotas zombi y gastos injustificados para el departamento de auditoría.

No diré mucho más del argumento, por no destripar más, pero del éxito de la misión de Bob, de su entrelazamiento con Ramona, de los celos de su novia Mo (quién en sus propias palabras ha decidido convertirse en alguien mucho más peligroso para intentar sentirse segura), y de lo que yace en el fondo del mar, depende que no se desencadene una guerra total entre la raza de los profundos y los chthonians, que, al contrario de lo que podría parecer, no son dos simples razas monstruosas, sino habitantes de la Tierra desde tiempos inmemoriales poseedores de una tecnología capaz de borrar a la humanidad como una simple baja colateral.

Como veis, Jennifer Morgue es un libro para disfrutar especialmente si eres seguidor de los Mitos (¿qué qué mitos, si haces esa pregunta quizás éste no sea tu libro, hablo, por supuesto, de los únicos Mitos que valen la pena). En cada página encontraréis referencias a esta y a otras mitologías (hola, Neverwinter Nights).

Por último, debo añadir que me encanta la forma que tiene Stross de denominar con nombres clave los procedimientos, las armas y a las razas lovecraftianas: JENNIFER MORGUE, HADES AZUL, PROFUNDO SIETE…

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Por cierto, pronto tendremos entre nosotros el juego de rol basado en el universo creado por Charles Stross con sus obras de Los Archivos de la Lavandería (de cuya saga forma parte este volumen), de la mano de la editorial NO CTRL-Z GAMES.

Hace cosa de seis años estuve a punto de arrasar la mayor parte de Birmingham y las Midlands, cuando experimentaba con un nuevo algoritmo de renderización que lo molaba todo pero podía haber invocado accidentalmente a la entidad que los versados denominan “¡Joder, es Nyarlathotep! ¡Corred” (y todos los demás “¡Joder!, ¡corred!”).**

** Excepto la Cámara Negra, que diría: “Llegas tarde, te lo descontaremos del sueldo”